Las pipas de la nueva era

En el camino de vuelta a casa una intensa emoción brota por mis poros, inunda mi alma y embota mi mente. El sol se está poniendo en el horizonte. Camino hacia él ya que hacia el Oeste está mi casa. Los rayos cálidos y luminosos de este sol poniente me pintan todo de naranja. Me siento brillar mientras mis pies, descalzos, abrazan esta hierba verde y fresca. A mi lado camina el agua contemplando mi alegría, cuando de repente piso algo duro que me lastima.
Un pedazo de madera seca, de palma, curtida por el agua y el tiempo.
La tomo entre mis manos, la acaricio, la doy vueltas y vueltas, la huelo, la contemplo como si fuera lo más maravilloso del mundo. Es lo más maravilloso del mundo, digo.
Pienso los años que seguramente ha vivido dentro del río, y me la imagino brotando del árbol que la acunó. Veo cuando un día remoto una fuerte ventolera partió la rama y la arrancó del regazo de su árbol. Veo el río crecer hasta arrastrarla desde el piso hasta sus adentros, acunándola nuevamente, protegiéndola. El río la cuidará de los insectos, curándola y dejándola envejecer.
Presencio todo este proceso con profunda emoción, y sé que este pedazo de madera, algún día del pasado, vino al mundo para mí. Que nació, creció y envejeció en la cuna de la naturaleza, y hoy me pide que la haga nacer una vez más, y para siempre.

(Esa noche, frente a la estufa, Pedro trajo nuevamente a la vida su rama de palma seca. Al principio la hirió con unos torpes cuchillazos, pero pronto escuchó la madera, comprendió su secreto y se dejó guiar por ella en un viaje que duró toda la noche.
Cuando despertó estaba amaneciendo. De lo que antes era una alegre fogata sólo asomaban tímidas brasas entre las cenizas.
Pedro miró sus manos. En la derecha sujetaba el tosco cuchillo de cocina. A su izquierda lo observaba brillando, resplandeciente, una antigua diosa egipcia...
Con el mismo cuchillo de cocina que usó para tallar la palma, Pedro se enfrentó al coronilla. Lo retuvo entre sus manos, lo abrazó, y vio millones de figuras dibujadas en él. Comenzó, de a poco, a darle forma. No tenía idea de que brotaría esta vez de la madera).

Clavé mi cuchillo en la madera con cariño pero con firmeza. El coronilla me dio la bienvenida a su mundo, haciéndome sentir que me estaba esperando. De a poco fui penetrando en sus vetas, suavemente, y pronto me sumergí en su inmensidad. Me sentí volar. De pronto dejé de ser un convaleciente tallador para convertirme en un inmenso pájaro, que volaba por el cielo junto a cientos de aves, surcando los aires y dominando la tierra desde la grandiosidad del cielo.

Cuando desperté de ese sueño mi señora ya se había levantado, y tomaba entre sus manos la nueva creación. Me pasó la talla con admiración, y al fin pude ver qué había estado haciendo durante las últimas diez horas. No podía creerlo. Del curtido coronilla emergió la primer pipa artística de la Nueva Era, marcando el comienzo de mi nueva vida.
(Pedro es Pedro Ferrizo, el artesano uruguayo creador de pipas con maderas autóctonas del Uruguay)

15/09/06
Giancarlo Albano