Recuerdos
por Sergio Capurro.


Para estas cosas siempre elijo la madrugada. Tengo un rincón especial en mi casa. Está cerca de la ventana, junto a la mesita donde escribo y presidido por un sillón viejo y cómodo. En ese lugar no pinto las paredes hace mucho, contra el techo hay una mancha de humedad cada vez más grande.
Cuando tengo ganas me preparo la pipa; acomodo el tabaco en forma lenta y antes de prenderla me distiendo unos segundos. Raspo el fósforo y lo arrimo a la olla... mis recuerdos empiezan a inquietarse; la primera bocanada de humo los libera.
Esta vez el tabaco se puso más rojo que nunca: no sé por qué, de esas hebras incandescentes, emerge una maestra de escuela. Yo era más chico y más gordo que la última vez. Mi túnica era gruesa, desagradable al tacto, más gris que blanca... Tan distinta a las de mis compañeros y a los avisos de televisión, cuya blancura y suavidad me hacían vivir en un permanente día soleado, fresco, en una cabaña de grandes ventanas y rodeada de un campo siempre poblado de flores...
Pero esas túnicas no me pertenecían. Las mías me ataban a un salón frío, de paredes altas con pequeñas ventanas que parecían amarradas a los techos.
Los salones siempre estaban vacíos. Apenas se oían lejanos pasos. Yo siempre estaba sentado en un incómodo banco, con el mismo problema de aritmética sin resolver.
En esta oportunidad el humo me trae a la maestra. Me la presenta como una mujer joven, muy linda y que se interesa por mí. Lo que más me gusta de ella son sus piernas.
Usa zapatos de taco alto que la obligaban a caminar más lento, quebrado sus cadenas a los costados.
Se inclina sobre mí. De su cabeza se desprende un aroma que hace olvidar el cuaderno borroneado y manchado de lágrimas. Pienso en una caverna. Hace mucho calor; soy un hombre joven y atlético, mis músculos se distribuyen en forma adecuada por el cuerpo y una mujer rubia está Junto a mí. La miro, desnuda, toda transpirada y me está esperando acostada sobre una piel de tigre.
El humo nubla mis ojos. Respiro su fragancia y acomodo mis recuerdos.
Me veo con quince o dieciseis años. En un baile. El local estaba tan oscuro como la caverna. La música es lenta.
Yo estoy sentado en un rincón, solo y sin animarme a encarar a las chicas que se agrupan en el otro extremo del salón. Sé que el tiempo es escaso; los disc-jockeys no se dedican mucho a estos ritmos; parecen ponerse de acuerdo con los padres y madres de las muchachas y el tabaco no puede cambiar eso.
Siempre me quedo en un rincón; parece que así es más fácil.
Me veo ágil, con un torso bien formado. El pelo me llega a los hombros; mi pecho, velludo, está al descubierto.
Uso un traje claro, la camisa es negra y de cuello ancho. Las botas son tejanas y estoy recién bañado y huelo a colonia extraña y cara.
Me acerco a la mujer más seductora del baile. Ella siempre esta sola y parece espérarme. Su ropa es ajustada; pollera y tops oscuros. No preciso hablarle; sale a mi encuentro y vamos al centro de la pista. Nos abrazamos y ella hunde su cara en mi cuello.
Le acaricio la espalda, ella me aprieta con fuerza, ya no nos movemos. La empiezo a besar, con la otra mano le acaricio los senos... Nos miramos y abandonamos el baile.
La noche está estrellada y hace calor. Tengo un BMW negro con vidrios oscuros. La invito a dar una vuelta y ella contesta con su sonrisa.
Al subir al auto, ella prende la radio y busca una F.M. con la música del momento, yo maniobro y salgo del estacionamiento.
Me dirijo a la rambla. Aumento la velocidad, la noche se estrella en el parabrisas... ella se reclina en mi hombro y me besa en la mejilla. Bajamos por una callecita empedrada, con poca luz y bordeada de plátanos.
Al terminarse la calle veo la rambla iluminada; la ciudad refleja sus luces en el espejo de agua, ella sigue reclinada sobre mí, su perfume me provoca y acaricio sus piernas suaves y sin medias.

* * *

Dejo que esta imagen se desvanezca. Me interesa atrapar la siguiente; me siento feliz cuando esto sucede. Debe ser porque recuerdo la época en que empecé a deambular por la ciudad, entre la medianoche y la madrugada. Dormía hasta tarde y pasaba el resto del día en la cama leyendo biografías de escritores. A la noche salía e intentaba que ese deambular nocturno fuera asemejándose al que viviría en París o en Madrid, luego de publicar los que tenía borroneado.
Sin mucho interés me había inscripto en el Instituto de Profesores. Después de clase me iba a un boliche pequeño y siempre vació que había descubierto a pocas cuadras del local. Me sentaba junto a una ventana y fumaba unos cigarrillos ingleses que me parecían muy apropiados.
Una noche, en la cual imaginaba subsistir a base de corresponsalías, noté que varios compañeros de clase ocuparon una mesa próxima. Cuando me vieron me invitaron a tomar una grapa.
Me aproximé. Había tres mujeres y cuatro hombres; yo sólo conocía a dos de ellos. Me presentaron al resto y continuaron hablando de una asamblea estudiantil recién finalizada.
Acomodé la silla para seguir mirando por la ventana y traté de imaginarme en una ciudad muy distinta a esta... El boliche podía ser el mismo pero yo viviría en alguna buhardilla, quizás sobre el mismo local a donde bajaría a tomar algunas copas. De noche atendería la corresponsalía y durante el día pasearía por los parques mientras en mi cabeza se iría formando mi obra consagratoria. Luego, después de terminar con el trabajo, me sentaría frente a la máquina y llenaría hoja tras hoja hasta librarme de ella...
"...¿Nos acompañas?", la voz de Jenny me arrancó de esa habitación.
Nos había invitado a su casa para escuchar música y tomar algo. A la salida encontramos un minimarket a punto de cerrar; compramos unas cervezas, fiambre y queso. La casa era de altos, con claraboya y cuartos enormes.
Abrió la puerta y luego de atravesar un zaguán prendió la luz de uno de ellos. Nos hizo pasar. Parecía sólido, de paredes firmes, cubiertas con pósters de Silvio Rodríguez, de Zitarrosa, de la última campaña financiera partidaria. El piso era de parquet y estaba alfombrado. No había muebles, sólo almohadones por todas partes. El equipo de audio estaba en un rincón, sobre una tabla sostenida por ladrillos. A un costado encontramos una pila de discos y cassette.
Nos dijo que nos sentáramos y fue a buscar platos y vasos. Elegí un rincón poco accesible y traté de amueblar mi buhardilla. Los demás siguieron hablando sobre el director del Instituto del comportamiento de los ultras y de cómo los colorados se reirían de sus pujas internas.
Cuando Jenny volvió con los platos y los vasos, el lugar estaba cargado de humo, los ceniceros cubiertos, mis compañeros ya habían depuesto tres veces al director y yo había decidido que el diseño de esa alfombra me gustaba para mi húmeda buhardilla. Alguien puso Epica de Damauchans en el casetero. Jenny repartió los platos y los vasos, se sirvió uno y buscó un lugar.
Mientras ella se movía por la habitación observé los pantalones vaqueros, los zuecos, su cara delgada y el pelo negro. Me pareció que un personaje así debía protagonizar algún capítulo en mi futura novela.
La miré acomodarse entre dos compañeros y decidí que sería mejor que viviera conmigo, en esa ciudad con una gran rambla y llena de cafés y círculos literarios.
Quizás ella gustara de la pintura o de la escultura y pensara que mi ciudad era la adecuada para destacarse. SÍ yo decidiera vivir con ella, tendría que ampliar la buhardilla. Necesitaría otra ventana para que pudiera instalar su caballete y un ropero más grande. También debería tolerar bocetos a medio terminar, pinceles, óleos y telas desperdigados por el único ambiente.
Encendí otro cigarrillo y volví a la buhardilla. Tendría una cocina pequeña , con pocos platos y muchas bebidas.
"¿Vos siempre solo?", me interrumpió Jenny. Se había extendido junto a mí, recostándose en un hombro. Me alcanzó un vaso de cerveza y me pidió un cigarrillo.
"¿Por qué no te integrás?"
"Es que me gusta este cuarto...no sé pero tiene algo. Aquí podría vivir un pintor... pasarse las horas pintando telas, mientras se toma algo o conversa con algún visitante". "Puede ser, pero mis viejos siempre vivieron acá y que yo sepa a ninguno se le dio por pintar".
Nos callamos. El resto del grupo seguía hablando; yo no podía entender cómo Jenny no se había dedicado a la pintura. Se vería bien con una túnica azul y el pelo recogido hacia atrás.
"Perdóname, pero tengo que traer más cerveza". Caminó con dificultad entre tantas piernas extendidas y llegó a la puerta del cuarto.
Habían sacado a Darnauchans y examinaban los cassettes. Las opiniones se sucedían sin llegar a un acuerdo. Me propuse retener esa escena; sus caras, los jeans gastados, sus gestos... Sólo me faltaba que alguien hiciera un comentario singular; entonces tendría material para mi novela. La discusión se extinguió sin que nada sucediera. Jenny volvió con más cerveza, fiambre y queso picado.
Luego de repartir las botellas y los platos se acomodó a mi lado.
"¿a vos te parece que el mundo no es más que una imagen cerebral?", le pregunté. Ella tomó otro de mis cigarrillos entre sus dedos y aspiró lentamente.
"el mundo es el mundo, está ahí... lo tuyo tiene un tufo a filosofía idealista que me sorprende".
Acepté el vaso de cerveza mientras la miraba expulsar el humo por la nariz y la boca.
"Así que para vos no hay más que una realidad objetiva y por lo tanto el ser humano no construye un mundo a partir de su experiencia".
"tómalo como quieras, pero las cosas no están para perder el tiempo en averiguar qué estuvo primero, si el huevo o la gallina", contestó.
Se levantó y fue a revolver en la pila de cassettes; los demás ya habían perdido el interés en ellos y estaban conversando junto a uno de los platos de fiambre y a dos botellas casi vacías. Eligió un cassette y se reunió con el resto del grupo. Terminé mi vaso y me serví más de una botella casi llena. Los miré conversar.
Tomé dos vasos más y después de un rato me levanté para irme. Jenny me acompañó a la puerta y me dio un beso. Pasaron algunos días antes de volver a verla. Una noche al salir de clase, la encontré sola en la parada de ómnibus "¿vamos a tomar algo?", le pregunté.
"Bueno", contestó.
Caminamos algunas cuadras y entramos en un café cercano a la rambla. Buscamos una mesa junto al ventanal. Nos sentamos frente a frente, nos sirvieron y yo sólo podía mirar hacia la costa. El mar, una hilera de luces en las calzadas y los oscuros edificios que iban iluminándose.
"¿Ves...?, aquella ventanita es una apartamento chico, seguramente con vista al mar... bueno, en uno como ese viviría yo dedicado a escribir".
Jenny observó unos instantes y levantó su vaso.
"irían muchos conocidos... sería un lugar de reunión para escritores, pintores y gente que se animara a vivir creando, creando cualquier cosa" continué.
"No sé... puede ser, la verdad es que no conozco a muchos artistas", respondió. Bebió unos tragos y me pidió uno de mis cigarrillos.
"Yo ya te dije que tenes un perfil que encaja perfectamente en mi idea... uno de estos cigarrillos en esos labios mientras estás frente a un cuadro y lo contemplas y le vas haciendo retoques es una idea que me persigue…"
Sonrió y volvió a beber. Nos miramos, luego ella observó su vaso, hizo tintinear el hielo contra el cristal y le prestó atención al bailoteo de la piedra. Miramos por un rato hacia la rambla. Pagué y la acompañé a su casa.
Había poca luz, caminábamos despacio y sin hablar.
Me adelanté y me paré delante de ella. Se detuvo y me miró a la cara.
"Me gustaría que saliéramos", dije.
"No me parece", respondió manteniéndome la mirada.
"¿Porqué?"
"Porque no... vos andas en otra... No insistas y déjame que voy sola".
Se la tragó la noche y no la busqué más.

* * *

Tengo que cambiar el tabaco. La pipa está muy caliente e impregnada de saliva. La madrugada se acaba y me duele el cuerpo.
Pero antes me fui a Barbaro's. Había poca gente, me senté cerca del escenario. Pedí una cerveza y armé la pipa.
"¿Te puedo acompañar?"... Era una mujer baja pero delgada, de pelo teñido y ojos oscuros. Vestía minifalda y una camisa transparente.
Hice un gesto de indiferencia. Ella se acomodó junto a mi silla.
"Me llamo Edith..."
"Pablo", mentí.
Empezó a hablar de la noche tormentosa y del calor. Yo escuchaba bebiendo despacio y observando sus ademanes, un poco bruscos pero que servían para poner énfasis en el relato. A cada rato movía su pelo con ambas manos; lo desparramaba sobre los hombros o lo trenzaba para dejarlo como un gato dormido cerca de su garganta.
"¿Me invitas con una copa?".
Hice una seña afirmativa y la mesera se acercó. La música estaba alta, Edith se acercaba para hablarme.
"¿Venís seguido?"
Mentí la repuesta y terminé con el último sorbo del vaso. Edith se inclinó y me dijo que tenía veintitrés años y que vivía por el Paso Molino con tres hijos. Yo la escuchaba distante: tratando de imaginarla cambiando pañales, yendo a la feria y llevándolos a la señora que se los cuidaba. Se arrimó un poco más, deslizó como al descuido su mano sobre la mía; la apreté antes que la retirara.
Jugueteamos un poco hasta que se acercó la mesera. Colocó el vermouth delante de ella. La mesera se fue y esta vez pasé mi brazo por la cintura de Edith. Estuvimos callados mientras observábamos los aprontes para el número musical.
"¿Te gusta el lugar?"
Volví a mentir y ceñí su talle un poco más. Ella fingió interesarse por los aprontes de los músicos y separó su rostro unos centímetros. Las manos seguían enlazadas.
Finalmente una orquesta típica empezó a ejecutar un tango. En el recinto hubo cambios de luces y cesó la música de la discoteca. Las piezas se sucedían entre el aplauso de los pocos concurrentes. Imaginé el cuerpo desnudo de Edith. "
La suave sensación de esa piel que suponía destruida por cientos de otras manos que se deslizaron por ella. Quise desnudarla ahí mismo y sumarme a esa lista anónima, pero me quedé junto a su piel, fingiendo interés por la orquesta típica.
"¿Salimos?" me preguntó de improviso.
Le contesté que no: entonces separó su cuerpo unos centímetros de mí. Yo le pasé la mano por la espalda, Edith se puso tensa, me hizo creer que se interesaba por el número mientras iba terminando lentamente su copa.
La orquesta anunció un descanso y casi enseguida la discoteca irrumpió con un ritmo tropical.
"Después hay un show a go-go".
Acomodó el cuerpo en la silla y miró sin mucho entusiasmo hacia otras mesas.
Volvió a hablarme de los hijos, de la quemadura con agua hirviendo del más chico y de cómo tuvo que salir corriendo para el hospital... Apuró el último sorbo, sonrió y dijo que no fue nada serio. Terminó la copa y empezó a contarme que el mayor trae muy lindas notas de la escuela pero ya empezó a preguntar por el padre.
Sonrió y examinó mis ojos; yo fingí escuchar con interés lo que contaba y terminé de beber.
"¿Me pagas otra copa?"
Le contesté que no y ensayé una sonrisa afectiva. Ella hizo lo mismo y miró con más insistencia en tomo suyo. Aproveché los ritmos tropicales para acariciarle la espalda, ella no me prestó atención y comenzó una pormenorizada observación de las mesas ocupadas.
"Bueno, me voy", dijo.
Le hice un gesto afirmativo con la cabeza y ella se levantó decidida.
Caminó hacia una mesa que estaba unos metros detrás de mí; la observó y vio a un hombre robusto que estaba esperándola de pie, ella le rodeó el cuello con sus brazos y luego se sentaron.
Con la pipa apagada, acomodo el resto del tabaco y la vuelvo a encender. La fumo observando a-las demás mujeres desplazándose por el local; recuerdo mi adolescencia. Mientras el humo se pierde en caprichosas acrobacias me asalta la necesidad de escribir en el cuaderno de notas. Trato de dominarme pero cuando me entra es ingobernable. Me pongo inquieto en la silla, finalmente opto por salir. En la calle compruebo la humedad del clima y llego a disfrutar del reflejo de las luces sobre el asfalto mojado. Es tarde, muy poca gente deambula. Me encamino hacia la parada del ómnibus y mientras espero en el refugio trato de armar algunas frases.
Sé que cuando llegue a casa y me enfrente con las hojas en blanco me acordaré de poco… Pero es tan lindo jugar con las frases y más cuando empieza a llover y nadie nos espera.

El autor es escritor y profesor de Educación Media en la especialidad Literatura. Dirige también su Taller Literario en el Círculo de Bellas Artes en Montevideo.
Para visitar el sitio web del autor: sergiocapurro.50webs.com