"Artigas, los indígenas y nuestra tierra"
Entrevista a Gonzalo Abella
En el marco de una conversación con este escritor, realizada por Pedro Ferrizzo para La Heladera 106.9 FM
- Radio Comunitaria (José Pedro Varela, Lavalleja - Uruguay) Abella nos hace un recorrido histórico
desde nuestras raíces como país hasta nuestros días.
Gonzalo Abella es un maestro uruguayo que se ha dedicado al estudio de las culturas nativas de estas tierras, de
su idiosincrasia, de su folclore. Ha recorrido varios países de Sudamérica como académico,
y últimamente se ha visto comprometido con la tarea de escribir novelas narrando las historias de esta región
del mundo que merecen ser contadas.
En esta entrevista, Abella nos cuenta sus orígenes, su vida como muchacho criado en la ciudad pero con influencia
campestre, hecho que lo marcó para el resto de su vida. También nos habla de su original concepción,
distinta a lo que nos cuenta la historia tradicional, de nuestro prócer José Artigas. Nos cuenta
cómo Artigas fue mucho más que un militar, destacando su faceta de humanista y su compromiso con
los más oprimidos. Abella narra también el contexto histórico luego de la invasión
española en esta región (lo que antiguamente fue la Banda Oriental), y los conocimientos, la cultura,
las tradiciones de nuestros indígenas, negros y gauchos.
Cuéntanos tu historia
Mi historia empieza hace medio siglo, fui un niño montevideano, hijo de un trabajador de ANCAP, que a veces
trabajaba en El Espinillar, a veces en la fábrica de cemento de su padre. Gracias a eso tuve la suerte de
caminar el país, pero fundamentalmente me deslumbró el campo. A veces pensando en mi historia y en
mi adolescencia, digo que el campo fue mi primer amor. Me fascinaba el mundo de la estancia.
Mi tío político tenía campos en el norte de Durazno, y te imaginas que, por edad, llegué
a campaña antes que la radio portátil. O sea que era un mundo muy puro, de relatos mágicos
y sobrenaturales. Una realidad fascinante.
En ese mundo de peones en el que me crié, tuve un atributo que ellos valoraron mucho: en Montevideo yo había
estudiado, primero un poco de violín y luego guitarra clásica. Entonces, en ese campo donde todavía
no había radio, el hecho de que llegara un adolescente con una guitarra era una cosa muy importante. Gracias
a eso el campo me devolvió un gran amor, y mucho afecto de la gente.
Apenas llegaba a la estancia de mi tío político y el capataz veía que paraba el tren en la
estación, me ensillaba una yegua tordilla para ir al almacén de ramos generales. En ese mundo mágico
de los adultos que me rodeaban me pagaban, a veces, una naranjita (un refresco). Fue un gran aprendizaje para mí;
mi tío me insistía mucho en que yo escuchara a la gente de campo, y que aprendiera de lo que hablaban.
Caminé mucho, anduve a caballo, fui muy feliz, y por eso mi primera opción profesional fue ser maestro,
maestro rural. En los años que estudié magisterio había habido una experiencia muy fuerte
en Cerro Largo, las llamadas "misiones sociopedagógicas", que habían sido desmanteladas
por el gobierno de la época en el año '59. Así que diez años después, a los
estudiantes "sesentistas", el magisterio nos atraía también hacia el trabajo social, en
el campo. Me parecía maravilloso trabajar y que me pagaran por estar donde yo quería estar.
Luego vinieron años muy turbulentos, se veía venir la dictadura, y los compañeros me pidieron
que me trasladara a Montevideo para trabajar cerca de donde estaba la lucha obrera. Terminé exiliado muchos
años, fuera del país, donde tuve que hacer muchos estudios y otros trabajos, pero siempre vinculado
a la docencia. Cuando ese período del exilio se cierra, y se reanuda la vida institucional en el Uruguay,
en el momento que me asomo para volver me contratan para trabajar de evaluador de proyectos en áreas indígenas,
en el año '85.
Yo había terminado un master en Ciencias Sociales, así que en el año '86 u '87, empiezo a
recorrer los proyectos que estaban realizando distintas ONGs, trabajando en la selva, en la montaña, en
las zonas chaqueñas. Tuve que aprender a leer guaraní, aymara y quechua, de éstas dos últimas
por lo menos las palabras más rudimentarias.
Me fascinó meterme en esa cultura. Una de las cosas que más me maravilló fue la espiritualidad,
los rituales de ese mundo. Incluso para entender más esa realidad de espiritualidad mestiza, que es tan
común en esas aldeas que ya no son indias del todo, un poco campesinas y un poco excluidas, en este mundo
que va relegando lo indígena, tuve que leer la Biblia a los efectos de entender el mensaje evangélico,
cómo había sido permeado por la manipulación del opresor, y qué podían encontrar
de interesante en eso los pueblos indígenas que, al dejar sus creencias tradicionales (sobre todo en la
montaña), se hacían devotos de algunos santos sin renunciar a su identidad.
Ese mundo me sumergió en horizontes impresionantes, me hizo repensar el propio campo de mi país.
Hasta ese momento yo tenía la idea, como se tenía hace cincuenta años, que campaña
era la campaña oriental, que los criollos eran simplemente inmigrantes acriollados. De a poco comenzaba
a ver que en América habían características culturales americanas que yo había visto
en el campo uruguayo. Entonces empecé a trabajar en la memoria rural, anciana, lo cual me dio una visión
distinta de la historia, fundamentalmente desde un punto de vista rural.
En ese momento, en realidad, no era una inquietud mística, sino una cosa mucho más simple. Por ejemplo,
si hago un mapa de cómo se comportan los lobizones en las distintas partes del país, las luces malas,
las casas "asombradas", las mozas de blanco, y hago un mapa de donde hay más inmigrantes, más
sangre indígena y donde hay más sangre africana, puedo entender pautas de comportamiento distintas
de los mismos personajes sobrenaturales y tratar de encontrar qué nexo tienen con las raíces culturales
de las distintas personas que me la cuentan.
Eso me llevó a un camino con el cual yo estaba muy comprometido, por lo tanto no podía ejercer la
docencia a ninguno de los niveles. Primero había sido muy feliz como maestro de escuela, luego como docente
de preuniversitarios, e incluso como profesor de postgrado en Bolivia y Paraguay.
Ésta fue una experiencia muy linda, siempre en el área de las Ciencias Sociales. Tuve el privilegio
de tutorar tesis sobre el mundo andino, por ejemplo, por lo tanto no podía seguir ejerciendo la docencia.
Me interesaba muchísimo el camino que estaba transitando. Entonces, recién de veterano decidí
escribir libros.
Para mi escribir libros es una forma nueva de ser docente. Mi vocación no es ser escritor, es contar las
cosas que vivo, que aprendo.
Cuéntanos de los títulos de tus libros
Mis primeros libros fueron informes académicos sobre percepciones de la selva, incluso algunos de ellos
en coproducción publicados por el PNUMA (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente) en México,
otros publicados en coproducción en Paraguay con investigadores locales.
Pero realmente comencé en la literatura con dos o tres libritos, novelas cortas en el género de la
ficción. Una de estas novelas es "La leyenda de Soledad Cruz". La historia de esta obra es la
siguiente: en la escuela rural, cuando yo tenía veinte años, había la leyenda de un anciano
negro que era lobizón. Este anciano era descendiente de Soledad Cruz. Ella era una lancera de la época
de Artigas, afro-descendiente, que (se decía) había tenido amores con un lobizón. Soledad
había resistido un montón de pruebas y batallas, y la dinastía de los Cruz se perdía
en el tiempo. Este anciano era séptimo hijo de una señora de apellido Cruz, generando un mito en
torno a su persona, y se le atribuía la particularidad de convertirse en lobizón. Entonces se me
ocurrió, después de haber recorrido bastante el Paraguay y saber que muchos afro-descendientes habían
ido con Artigas a ese país para no ser esclavos, imaginar una muchacha joven, lancera de Artigas (Soledad
Cruz), que tiene amores con un lobizón. La novela simboliza el dolor de esta muchacha negra cuando abandona
su tierra natal.
"La leyenda de Soledad Cruz" es una parte de la historia que me contaron de joven, y una reelaboración
prolongando su vida de lancera y haciendo sus reflexiones, marcando el desgarro familiar como el símbolo
de aquellos afro-descendientes que se tuvieron que ir al Paraguay.
Mi primer libro de la nueva época fue cuando, en Paraguay, empiezo a descubrir la ancianidad de Artigas
y todos los elementos místicos, mágicos, y de liderazgo de pueblos que tiene en aquel país.
Algunos pueblos lo llamaban "el señor que resplandece", y a partir de ahí bauticé
uno de mis libros "Artigas, el resplandor desconocido".
Háblanos de Artigas, y de la manipulación que se ha hecho de su persona
Luego de conocer el Paraguay y recorrerlo mucho, considero que la historia, los textos de Historia, han falsificado
a Artigas. Lo transformaron en una especie de jefe militar cuando, en realidad, su etapa militar fue entre 1811
y 1820. Pienso que, si Artigas fue sólo un jefe militar, la importancia en su vida fue de solo nueve años,
siendo un hombre que vivió 86.
En realidad, lo que queda muy claro cuando uno empieza a profundizar en la historia, es que Artigas empezó
a actuar como líder social y espiritual 20 años antes de ser militar, y no dejó de serlo hasta
el momento de su muerte.
La guerra no fue la vocación de Artigas. Después de veinte años de trabajo con las redes multiculturales
de América, metido en la fascinación del campo y de la gente, incluso disfrazado de soldado del rey
para proteger a los suyos, en un momento la guerra se volvió inevitable. La única batalla que peleó
contra los españoles fue una contienda rarísima. Según la historia, Artigas proclamó
"clemencia para los vencidos" y "curad a los heridos"; el hecho que no se resalta es que, además,
dejó libre al enemigo. Esta actitud, desde el punto de vista militar, es un mamarracho.
Él no apuntaba a expulsar españoles, sino que aspiraba a la libertad, a que el mundo de los gauchos,
de los negros, de los indios, o sea, el mundo de los más infelices, no fuera perturbado. Más que
preocuparse por una total equidad, a Artigas le importaba la no-exclusión. Y "con libertad, ni se ofende
ni se teme".
Cuéntanos acerca de los indígenas de estas tierras
En los pueblos originarios de América precolombina todas las civilizaciones se conocían, se visitaban
y hacían intercambios. Que habían visitas de otros continentes, no hay ninguna duda (hay mapas chinos
del año 1000 en los que estaba dibujada América).
Nuestro continente contaba con tres ecosistemas: selva, montaña y pradera. Los pueblos sobrevivieron más
como comunidades en la selva y la montaña, porque tenían más posibilidad de repliegue, y fueron
más dispersados en las praderas y la pampa. Entonces, lo que queda en las zonas llanas de América
no son comunidades, pero sí queda mucha memoria indígena.
A veces no se percibe que colectividades charrúas hubo, ya nacido el Estado oriental hasta muy avanzado
el siglo XIX (en la época de José Pedro Varela había comunidades charrúas en Tacuarembó,
otras venían de Entre Ríos o de Río Grande do Sul). Algunos de esos hombres se "conchavaban"
en las estancias o se metían en las comparsas de esquiladores y luego volvían a sus comunidades originales.
El mundo gaucho existe desde el siglo XVII, o sea que hay una transferencia del saber, de la religiosidad, del
conocimiento yuyero y farmacológico de los charrúas hacia los llegados, solidario con los negros
prófugos, con los paisanos, y también con aquellos inmigrantes que se iban a trabajar a una chacrita
y que no conocían el ecosistema.
Muchas muchachas españolas, inmigrantes, aldeanas pobres, se trajeron de las Islas Canarias y de las comunidades
celtas, sus farmacias vivas, sus pequeños yuyos. Curiosamente los esclavos también pudieron traer
algunas de sus hierbas. Cuando el tráfico negrero arreció, muchos esclavos negros traían tierra
africana (que a veces también ponían en imágenes cristianas). Por ejemplo, actualmente en
nuestro territorio hay una planta medicinal, la Espada de San Jorge, que vino de África traída por
los esclavos y la incorporaron al ecosistema, al monte nativo. San Jorge tiene un significado sincrético
con Ogúm, un orisha del panteón africano.
El charrúa vivía en lo mestizo, en valores, en relaciones, en las estrategias de sanación,
en rituales, en un sentimiento de pertenencia a la pradera. Este sentimiento se volvió más invencible
cuando el charrúa conquistó el caballo, y mucho más fuerte cuando, a través del contrabando
de cueros, se vincula al mercado mundial sin perder su identidad comunitaria. El charrúa es la base de lo
que yo llamo "el colectivismo difuso" del mundo gaucho. En la época de Artigas, por ejemplo, estaba
el colectivismo agrario de los indios misioneros, el colectivismo agrícola de las aldeas originarias y el
colectivismo difuso de la vaquería, que era una forma distinta de compartir, pero donde la plata no interesaba,
era para timbear y divertirse. Lo importante era el intercambio y la solidaridad.
Transcripción de Giancarlo Albano.